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Um puro Arturo Pérez-Reverte

setembro 21, 2010

Una ventana a la guerra
© Arturo Pérez-Reverte

Murieron en Iraq hace unas semanas. No sé si cuando
esto se publique habrá alguno más. En cualquier caso,
españoles o no, seguirán muriendo; en esta o en la siguiente
guerra. Eso nada tiene que ver con la ingenuidad de quienes
sueñan con un mundo perfecto, ni con la obscena demagogia
de quienes convierten en votos cada niño quemado
y cada muerte. Ninguna guerra es la última, porque el
ser humano es un perfecto canalla. Y para contar lo más brutal
de esa infame condición humana, seguirán muriendo
periodistas.
No conocía a Julio Anguita Parrado ni a José Couso.
Eran jóvenes, y yo me jubilé después de los Balcanes;
donde, por cierto, enterramos a cincuenta y seis colegas. No
sé qué llevó a Julio y José hasta el misil o la granada que los
mató, aunque puedo imaginarlo. En cuanto a por qué murieron,
debo decir lo que creo: que murieron porque querían
estar allí. Fueron voluntarios a un lugar peligroso, y el
padre de Julio Anguita lo resumió con una entereza admirable:
«Mi hijo murió cumpliendo con su deber». Punto. Hacían
un trabajo duro, y salió su número. En la lotería donde
se combinan el azar y las leyes de la balística, les tocó a
ellos. Suma y sigue. El resto es demagogia y literatura.
Por qué estaban allí, supongo que es la pregunta.
Por qué cerca de la línea de fuego, como Julio, o filmando
asomado a una ventana en plena batalla, como José. No por
dinero, desde luego. Ni por amor desaforado a la información
y a la verdad. Tampoco, como he oído decir estos días
a tanto gilipollas, por amor a la Humanidad, para detener
con su testimonio las guerras. La milonga del periodista
buen samaritano es una tontería. Ni siquiera Miguel Gil
Moreno, a quien han estado a punto de beatificar desde
que cascó en Sierra Leona, iba por eso. Uno ayuda, claro.
Lo hace cuando puede. Incluso a veces piensa que su trabajo
puede cambiar algo. Pero de ahí a que un reportero sea
un filántropo, media un abismo. En veintiún años de oficio
no encontré ninguno así. Al contrario. Nunca conocí a
un reportero que al sonar el primer cañonazo no sintiera la
excitación, el hormigueo, de quien empieza una aventura
peligrosa y fascinante. Luego vienen los años, la reflexión y
la experiencia. Te asustas y no vuelves; o sigues, y te matan
o te haces una reputación. Mientras, en tu corazón cambian
algunas cosas. Descubres responsabilidades y remordimientos.
Pero eso ocurre después. Digan lo que digan quienes
no tienen ni idea del asunto, lo que lleva a un periodista
a sus primeros campos de batalla es poder decir: estuve allí.
Pasé la más dura reválida de mi perro oficio.
Hablar de asesinatos particulares en una guerra donde
mueren miles de personas es una incongruencia. Montar
el número de la cabra en torno a la muerte de un reportero
—aparte el respetable dolor de familia y amigos— es insultar
la memoria de un profesional valiente que ha hecho
su oficio con impecable dignidad, pagándolo con su pellejo.
Por supuesto, cuando un tanque lo mata, hay que procurar
reventar al cabrón del tanque, si se puede. Pero con realismo,
no con retórica idiota. Un combate, una batalla, son un
caos de miedo, incertidumbre y bombazos, y nadie puede
esperar que la gente se comporte con humanidad o cordura.
Quien se asoma a una ventana a filmar lo sabe. Y si no
lo sabe, no debería estar allí. El problema con toda esta demagogia
es que al final la gente termina creyéndose eso de
la guerra limitada y las bombas inteligentes, y de tanto oír
tonterías a los políticos y a la prensa del corazón —que ésa
es otra, el periodismo basura hablando de compañeros muertos—,
al final existe el riesgo de que los periodistas crean
que los ejércitos son oenegés y la guerra, un juego virtual con
reglas y principios, y se metan allí creyendo que alguien va
a garantizarles la piel o la vida, o que cuando se vaya todo
al carajo detendrán los combates para evacuarlos, o se pedirán
responsabilidades morales y económicas al marine con
fatiga de combate y gatillo fácil, o al negro que les rebane
los huevos con un machete. Por eso me inquietó que el otro
día un telediario anunciase que el Ministerio de Defensa
español comunicaba que no garantizaba la seguridad de los
periodistas españoles en Bagdad. Naturalmente. Ni el español,
ni el norteamericano, ni nadie. Claro que no. Ni en
Bagdad, ni en Sarajevo, ni en Saigón, ni en el saco de Roma,
ni saliendo del caballo de madera, en Troya. Las guerras
son, a ver si nos enteramos, peligrosas y putas guerras. Nos
han vuelto tan estúpidos que de semejante obviedad hacemos
una noticia.


Este artículo recibió el premio César González-Ruano
de Periodismo en 2004

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