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“Sexo, Mafia y Vaticano”

outubro 26, 2010

Amante del gánster, querida del obispo
Mediados de los años setenta, primeros ochenta. Italia era un polvorín. El laboratorio del mundo moderno. La vanguardia cultural y política. Plena guerra fría, los años de plomo. Palestinos e israelíes, la CIA y el KGB, las Brigadas Rojas y el terror negro. Los comunistas pactando con los democristianos. La Mafia siciliana llenando las calles de heroína y cocaína. Pasolini asesinado en Ostia. Juan Pablo II preparando, con el Opus Dei, el inminente hundimiento del bloque soviético. Aldo Moro secuestrado. Aldo Moro asesinado. La matanza de la estación de Bolonia. Andreotti, El Divo, y su hipotético beso a Totó Riina, el capo sanguinario. Sordi y Gassman, Mastroianni, Fellini y Antonioni. Celentano y el arzobispo Paul Marcinkus, dando alegría a las finanzas de la Santa Sede. La quiebra del Banco Ambrosiano. El asesinato de Roberto Calvi (Londres, puente de los Frailes Negros). Y el de Michele Sindona, banquero de Cosa Nostra: un poco de veneno en el café.
Han pasado 30 años y casi todos aquellos oscuros misterios siguen siendo eso: misterios. Mejor dicho, secretos que no han sido desvelados. Delitos, muchas veces gravísimos, por los cuales los culpables jamás pagaron, ni pagarán. “Un país sin verdad”, dijo Leonardo Sciascia. Un agujero negro, diríamos ahora.
De aquel agujero regresó hace cuatro años, de la forma más inesperada, a través de un programa de televisión -el Quién sabe dónde italiano-, una dama que cabalgó a fondo aquellos años locos y sangrientos. La dama se llamaba, y se llama, Sabrina Minardi.




Como meretriz, Minardi era un cometa y no hacía prisioneros. Por sus muslos legendarios pasaron ministros, obispos, cardenales, futbolistas, mafiosos, millonarios, policías, espías, terroristas. Minardi, como De Pedis, toreaba en todo tipo de plazas. Por ejemplo, en San Pedro. Calvi, presidente de la Banca Ambrosiana, perdió la cabeza por ella.
Y el arzobispo Marcinkus no se quedó atrás. En la página 114 del libro, Minardi asegura que se acostó varias veces con el banquero de Dios: “No sé qué le habrían contado de mí, quizá que era alegre y mona con la gente generosa. En fin, el caso es que él quería estar conmigo”. “¿Y tú?” pregunta la periodista. “Y yo estuve con él. No te puedes echar para atrás en situaciones como esa (…) El curilla era muy directo, no le gustaban los preámbulos”, dice. Incitada por la reportera, Minardi va tirando de memoria: “No sabes cuántas chicas le llevaba al arzobispo”.

Algunos medios italianos han afirmado que Minardi ha roto su silencio porque necesita dinero; y que colabora con la justicia para aminorar sus problemas penales. La periodista Notariale explica que a ella no le ha pedido nunca un euro, y añade que Minardi está enferma, tiene un brazo casi inútil a causa de un accidente de coche, es ex drogadicta (lleva años tomando psicofármacos, y la pena le ha sido conmutada por seis meses de rehabilitación) y está tratando de “ponerse en paz consigo misma y con su pasado”.

Ante la Fiscalía y ante la periodista que le ha entrevistado, Sabrina Minardi ha declarado que la banda ingresaba su dinero en el Instituto para las Obras de Religión (IOR) a través de la Banca Ambrosiana, que entonces presidía Roberto Calvi. Ese dinero fresco y negro servía, entre otras cosas, para que Juan Pablo II financiara al sindicato Solidarnosc, de Lech Walesa, con la idea de abrir brecha en el bloque soviético, siempre según Minardi.
“Recuerdo que Renato una vez llegó a casa con una bolsa de Vuitton llena de dinero”, cuenta Minardi en el libro. “Hicimos los paquetes, contamos mil millones de liras (cien millones de pesetas de entonces) y al día siguiente se lo llevamos a Marcinkus”.

De Pedis se abrazaba y besaba con Pippo Calò, notorio mafioso siciliano y referente de Cosa Nostra en Roma; frecuentaba al faccendiere Flavio Carboni (hoy en la cárcel por conspiración masónica a favor de Berlusconi), despachaba con monseñor Marcinkus y con Calvi, y mandaba sobre magistrados que siempre conseguían su absolución… En realidad, Renatino se las daba de empresario, pero había sido un criminal desde la juventud. Profético, el delantero Giordano, que luego jugaría con Maradona en el Nápoles, advirtió a Minardi que nunca dejara a De Pedis tener en brazos a su hija: “Si un día hay tiros, la matarán a ella también. Al fin y al cabo, todos los capos terminan igual, con la boca sobre la acera”.

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